domingo, 22 de agosto de 2010

Otra más. Bien.




Nítida y naranja me llega la imagen del lomo, apretado entre otros libros, casi sin posibilidades de llamar la atención. O sí, quizás en esa tímida presencia se escondía la fórmula contra el desdén. El Teatro de la Memoria, de Pablo De Santis, recién aparecía en las librerías a principios del inverosímil año 2000. ¿Pero cómo acaso puede uno leer la novela de un joven escritor argentino si antes no leyó a Dostoievski o a Conrad? ¿Cómo podía yo gastar mi poco dinero en una novela cuyo autor era un desconocido? Preguntas juveniles de base, las recuerdo con amor, no me arrepiento de nada. De na-da.

Cuestión que un día compré el libro, qué tanto, y fue encantador terminarlo en dos noches, una de aventuras con fondo de ficción autóctona, con tanteos existenciales y viveza de detective. Así es la literatura de De Santis, con La Traducción y Filosofía y Letras a la cabeza de su producción.



La semana pasada se publicó Los Anticuarios, en una edición de Anagrama cuya imagen de tapa carece de gusto alguno. Yo lo sigo a De Santis, contra viento y marea, sabiendo que no me deslumbrará, pero necesito leerlo; sin dudas, algún hilo de su literatura debe congeniar con la urdimbre de mi placer.

Ya sé que la historia será sobre algún solitario, erudito en alguna materia pero rebelde para la concentración académica, nostálgico de un amor dañado, ansioso de alguna mujer imposible. Todo enmarcado en un terreno de ficción que oscila entre lo científico y lo esotérico. Por eso, nada nuevo nos trae De Santis en su última novela, sin que esta sentencia rebaje la suerte de su lectura. Lou Reed, por caso, siempre canta lo mismo, usando los mismos acordes, y no lo imita nadie.

¿Por qué De Santis no es más reconocido? En primer lugar, su producción literaria para adolescentes (curioso género que debería no existir), parecería ubicarlo en ese limbo donde se agolpan los escritores de policiales, condenados por la barbarie dela academia. (Pregúntense a Roald Dahl cuántos casilleros le hicieron perder sus aventuras para niños.)
En segundo lugar, quién sabe si llena el texto con demasiadas sentencias existenciales, todas alimentadas de la sabiduría del viejo con la picardía del vivo. Hay veces en las que uno siente que Marlowe ha leído demasiado a Borges y sus bravuconadas o reflexiones destiñen algo ajeno: un una cosa ni la otra.

De Santis ya ganó un gran premio, y no creo que sus novelas oscurezcan o mediten con mayor abstracción. El amor imposible en sus textos, es más barrial que filosófico, y eso no va a cambiar. Y está muy bien que no cambie, yo quiero que siga publicando una y otra vez lo mismo. Eso quiero.



Over.